Hace un par de meses murió mi tío Roberto. Casi un centenario de vida, una de esas que vale totalmente llamarse así: vida. Nunca se casó ni tuvo hijos; en lugar de ello viajó, comió y bebió tanto como quiso. Era un verdadero hedonista con excelente gusto. Incluso en su lecho de muerte cantó para sí un tango y se fue en paz, vestido con un traje de esos hechos a la medida, con tela fina y brillosa.

Hoy se cumple el primer aniversario luctuoso de Lemmy. Si Roland Barthes siguiera vivo, incluso él sabría que el arquetipo de Rockstar es Lemmy.  Hablar de Lemmy es caer en cuenta de que él es un concepto en sí mismo, y, aunque su carrera como músico influyó muchísimo, también otras características ayudaron a posicionarlo. Quien vio el documental dirigido por Wes Orshoski y Greg Olliver sabe que hasta para consumir drogas era selectivo; vivió una vida ejemplar no por el aporte que hiciera a la sociedad -o a sus seguidores-, sino por el aporte que hizo a sí mismo siendo estrictamente fiel a sus principios.

Puede que decirlo sea un acto de grandilocuencia, pero el oriundo de Staffordshire y mi tío tenían mucho en común -además de la diabetes-: ambos fueron rockstars en diferentes niveles. Evidentemente este último no se volvió famoso ni fue un fan del rock -con especial mención a The Beatles- que se convirtió en icono del género, pero sí era exigente y a la vez amante de la vida simple.

Cuando supe del fallecimiento de Ian Fraser Kilmister, independientemente de que el mismo tuvo la mala suerte de caer en el Día de los Santos Inocentes, no lo pude creer; cuando muere alguien como él –o el tío-, simplemente no lo puedes aceptar: en tu percepción del universo ese tipo de personajes son inmortales.

Sin embargo el legado de ambos es de reconocerse –insisto, en diferentes niveles-, pues de ellos aprendí la importancia de ser fiel principalmente a uno mismo y perseguir las ambiciones –en el mejor sentido posible-, aunque terminen refiriéndose a ti como “motherfucker” o “son of a bitch”.

Guardo con especial respeto y admiración el recuerdo del tío Beto, quien además de todo fue objeto de severas críticas. Aunque sus demás allegados sigan pensando que hay algo antinatural en haber muerto sin dejar descendencia, yo prefiero pensar que él era de carácter punk rock, algo así como como el sonido de Motörhead.