El año 2013 fue por mucho el peor de mi corta vivencia personal y profesional hasta hoy en día. Me esclavizó un trabajo que odiaba, me envenenó una relación amorosa enfermiza, las falsas amistades decidieron darme un trago amargo y la peor parte: una crisis existencial tal, que consideré varios meses la idea de abandonar el barco y hacer caso a las palabras que le recitan a todo adolescente con grandes aspiraciones musicales: “Estudia una carrera de verdad” y “Haz algo que sí te dejé”. Pensé en darle carpetazo al sueño de mi vida por el cual llevaba ocho años trabajando y no volver a tocar para nadie más que para mí.

Fue entonces cuando, anunciado en muchos medios, me llegó la noticia de un festival nacional aún joven. La logística, he de confesar que no me impresionaba (quizá porque yo mismo no la comprendía bien) y el cartel no me volvió loco. HAGGARD, SUICIDAL TENDENCIES y PINHED por mencionar algunos actos. No obstante, la cabeza de Cartel era la banda que me hizo entender el significado de las palabras: Rock ‘n’ Roll.

Así fue como, sin dudarlo, compre mi ticket para el show y aguardé pacientemente hasta que el día del evento llegase. La espera fue casi medicinal, posiblemente fue el hecho de que enfoqué mi atención al concierto que a todo lo que tenía encima y entonces me pareció más liviana la vida.

El día del evento recibí un ultimátum personal, se me exigió abandonar el concierto para enfocar mi atención en el berrinche de una persona que bien sabía lo que MOTÖRHEAD significa en mi vida. Estoy seguro de que, aunque dolió, hice lo correcto y lo que cualquier persona en sus cabales haría: apagué el teléfono segundos antes de que El Patrón saliese al escenario y mi voz sonaba al unísono con el coro de miles que como yo, sabían que presenciaban un momento histórico en sus vidas: “¡Motörhead, Motörhead, Motörhead!”

Pues sí, querido lector, haber escuchado en vivo el Rock ‘n’ Roll en su más pura esencia es una experiencia que te cambia la vida. Y ahí estaba nuestro viejito querido, plantado en el escenario, imponiendo ante toda una concurrencia y ganándose el corazón de la misma. “Metropolis” fue la canción que me hizo entrar en trance, como si el mismo Snaggletooth me estuviera hablando, alentándome a dejar ir la carga sobre mis hombros para poder evolucionar.

El power trio jamás necesitó una producción impresionante. Incluso antes de dedicarme a la información, tenía una gran suerte para enterarme de las cosas. Meses antes del anuncio, caché el rumor de la visita y recuerdo que quien me lo dijo, comentó que “Así como ganan, gastan.” Quienes tuvimos la fortuna de ver a Lemmy en el Rainbow, nos percatamos de ello. Pero esa es otra historia…

El punto es, que jamás necesitaron stage gimmicks, escenografía de miles de millones o incluso pintarse la cara. Lemmy era Rock ‘n’ Roll. Y con esa única herramienta suprema hacia vibrar auditorios como si un sismo los hubiera sacudido, con apenas unas cuantas notas de Overkill y muchas otras grandes canciones.

Cuando salí del concierto, era otra persona. Aún impregnado del olor a cerveza, sudor y cigarrillo, mis demonios se habían ido, no dejaba de pensar en la imagen de Ian, sosteniendo su Rickenbacker y tocando Spades. Fue entonces cuando decidí renunciar, terminar todos los asuntos pendientes del corazón y la razón y entregarme en un 500% a la música. Devolverle un poco de lo que su poder me ha dado. “Don’t try to understand if you weren’t there!”

Tan sólo dos años después, tuve la fortuna y el placer de seguir los pasos de aquel gran hombre y pisé un escenario del Force Fest; festival donde lo vi por primera vez. Creo que no es un mal comienzo pero, como todo fanático, me habría encantado tener la oportunidad de darle las gracias.

No imaginé jamás vivir en un mundo sin Lemmy Kilmister. Y aunque alcanzó la inmortalidad a su manera, por supuesto que lo vamos a extrañar…

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