Las decepciones abundaron el pasado 19 de septiembre gracias a que ese día tuvo lugar un cúmulo enorme de eventos. El concierto de Alcest contó con una concurrencia decente; pero el Adita for All, segunda parte de un evento que se hizo en beneficio de una niña con cáncer, y la pre-fiesta de Neil Turbin en el Salón Bolívar, no tuvieron tanta suerte. Y la teoría que predominó como causa de ello, fue la apatía de la gente.

Yo pregunto: ¿alguien se molestó en preguntar si la escena quería ver en vivo a Neil Turbin o tiene la suficiente conciencia social como para asistir a un evento con causa?

Estamos tan acostumbrados a que todo en el metal underground tiene que ser feo y regalado, que pocos se molestan en contratar diseñadores para sus portadas o traductores para sus letras en inglés; ni se diga de los que siquiera piensan en hacer estudios de mercado.

¿Alguien recuerda a la extinta Total Metal Magazine?

Fue una revista que estuvo vigente apenas unos meses. No duró porque nadie la compraba a pesar de estar relativamente bien hecha.

¿Quién tuvo la culpa? ¿La gente?

Hace un año, como parte de un proyecto –hipotético- de lanzamiento de un medio impreso sobre Metal, hice un estudio de mercado con el público metalero del Distrito Federal de entre 15 y 40 años. Los resultados arrojaron que mi público objetivo no estaba dispuesto a pagar más de $10.00 por una publicación y prefería que ésta tocara más temas de metal internacional, que de la escena local. Si aquellos que lanzaron Total Metal hubieran hecho este estudio previamente, no se hubiesen arriesgado a sacar el impreso.

Muchos se han quejado por el cartel del Knot Fest, incluso por los mismísimos Slipknot; se preguntan qué metalero que se jacte de serlo pudo pagar $15.000.00 por un boleto VIP que incluye meet & greet o iría a ver a todas esas bandas que los verdaderos metaleros odian.

Bien, quizá no muchos lo recuerden, pero Slipknot tuvo su auge junto a muchas agrupaciones que conformaron la ola del “new metal” a finales de los 90 y principios del siglo XXI. Durante aquellos años el metal se volvió universal: hasta el más fresa conocía a Linkin Park o a Limp Bizkit y para los metalheads de antaño esta situación era inaceptable. Este sub-género se coló por todos los estratos sociales, tanto, que incluso Metallica quiso mimetizarse con el movimiento y fue cuando lanzó el -para muchos horripilante- St. Anger.

15 años después, se repite la historia. Y hay que aceptarlo, el público objetivo del Knot Fest no es tu camarada, con el que compartes unas caguamas cada sábado en el Español, sino tu tío que escuchaba grunge y se sintió rudo cuando se aprendió la letra de In The End y tu prima que normalmente prefiere los eventos tipo Coachella o Corona Capital, pero que de alguna manera encontró atractivo el trabajo de HIM y trae tatuado un Heartagram.

¿Ser metalero de la escena under es sinónimo de ser pobre?

No creo. Entonces, ¿por qué estamos tan acostumbrados a que los flyers tienen que estar hechos en paint y las fotos “oficiales” deben ser tomadas con un celular? ¿Por qué muchos organizadores creen que es justo que entre las bandas pongan el equipo con el que van a tocar cuando fueron ellos los que armaron el evento e invitaron a dichas bandas? ¿Por qué que cuando vemos algo bonito y bien hecho, lo juzgamos automáticamente como “poser”?

Primero, hay que entender que la banda, el músico, la promotora, la productora y el organizador son personas con intereses de por medio y deben ver todo como lo que son, un negocio. Y si esos negocios se dedican al Metal, queridos lectores, entonces deben preguntar a sus clientes (los metaleros) qué chingados quieren.

Es ridículo (hablando específicamente de hoy en día) querer darse a conocer sin fotos oficiales, sin un demo o EP decente (que se pueda equiparar a la calidad media internacional), sin un video oficial, sin hacer presencia en esos eventos en los que quieres tocar y sin estar presente en plataformas como Spotify. Si eres de los que dice “quiero que me valoren por cómo toco y no por cómo me veo”, olvídalo, te costará al menos el doble de trabajo. Lo mismo aplica para organizadores de eventos.

Hay que recordar que muchos de los grupos que tanto admiramos, son famosos porque supieron vender su música. Hasta el disco más under y raro fue grabado para ser vendido y/o distribuido con el propósito de dar a conocer a una banda; nadie invierte en una producción para tener algo que colgar en la pared.

Debemos quitarnos esa mentalidad de que al hacer nuestro trabajo le estamos haciendo un favor al público, porque es nuestro público el que va a pagar para vernos.

Es simple: ¿Quieres hacer un estudio de mercado, diseñar una portada, un flyer o un logo, o traducir tu letra al inglés? En la escena hay varios que se dedican a este tipo de cosas y pueden ayudarte. ¿Quieres hacer un evento? Contempla gastos de equipo, bandas y chelas. ¿No tienes dinero? No lances un disco mediocre ni le digas a tu amiguito “el chino” que te saque las fotos con su Windows Phone, ni grabes en la casa del Mugres que bajó el Audacity ayer; no hagas un evento y pidas después a las bandas que te hagan paro con equipo bajo la premisa de que “somos carnales y hay que apoyarnos”, ni vayas a una tocada y le digas al de la entrada que te tire paro. Hay formas de costear un disco o un videoclip oficial… como Fondeadora, o un trabajo regular.

Llámenme idealista, pero resolver mucho de todo aquello que no nos gusta, a veces es más simple de lo que creemos. Y usted, querido lector, ¿ya conoce a su público objetivo?