Foto: Alejandro Arnaíz.

Había dos opciones para amanecer al día siguiente con dolor de cuello. La primera era mirar el concierto a la distancia, con la cabeza levantada, parado de puntitas, para alcanzar a ver. La otra era clavarse a empujones hacia el centro del escenario, romperse la madre en el slam y luego matear enfurecidamente con el resto de los asistentes. La primera opción parecía ser la más apropiada para mi edad, no cabía la menor duda, uno ya no está para estos trotes, pero opté por la segunda.

Antes de hacerlo debo contar que por un momento pensé que había extraviado el boleto que con mucha antelación había comprado con mis amigos. Y antes de llamarle por teléfono a uno de ellos (una opción, llamar por teléfono, que siempre tendré por última) tuve una pequeña crisis. Una crisis que se sumó a otra, esta última repleta de melancolía. Lo bueno fue que la primera crisis la superé fácil: en efecto, uno de ellos tenía el boleto. La segunda se complicó un poco.

Y es que me puse a recordar la ocasión anterior que vi a In Flames. (No recordaba, además, si era la segunda o la tercera vez que los veía). Pero esa vez anterior, que creo fue en 2012, en el Circo Volador, también tuve una crisis (sí, así me la vivo, de una en otra). Solo que esa fue más seria: me estaba yendo de la chingada en la chamba que recién había conseguido. Ya sabes, el trabajo que siempre quisiste de pronto se vuelve el que jamás habrías aceptado. Recuerdo que el recinto estaba hasta cierto punto vacío. Y que fue un martes. Creo saberlo (no me fio de mi pésima memoria) porque era entre semana y el estrés godinezco me tenía al borde de un derrame cerebral o algo así. Eso sentía. E In Flames me alivió el alma. Fue un concierto memorable porque sonó tremendo, y por otras razones por las que ya no vale la pena escribir una sola línea.

Recién había salido su álbum Sounds of a playground fading, que aún disfruto, casi tanto como disfruté su siguiente trabajo, el Siren charms. Y casi tanto como NO (así, en mayúsculas y negritas) disfruté de su último cd, cuyo nombre se me escapa…Ah, sí, el Battles, y que escucho al momento de teclear estas líneas.

En aquel concierto In Flames seguían siendo los mismos sujetos que componían la banda desde principios del siglo XXI: Anders Fridén, Björn Gelotte, Peter Iwers y Daniel Svensson. Pero esta ocasión, en el Pabellón Cuervo (un pedazo de estacionamiento del Foro Sol cubierto por láminas al que nunca había ido y que me dejó la impresión de pretender ser underground a pesar de su visible origen mainstream), solo estaban Fridén y Gelotte en el escenario. Y de verdad que no deseo ser purista (solo melancólico), pero hay algo en la mística de una banda que se pierde, quiero decir que cambia, conforme salen y entran integrantes. Es natural, sin duda, y no sé, siento que algo de eso pasa ahora en In Flames y que se refleja en su último material, a pesar de que jamás les he reprochado los cambios de dirección que han tomado justo desde esa época que señalo líneas arriba, y, al contrario, los he aplaudido.

Salvo en Battles.

Porque de plano me parece muy plano (valga la redundancia). No es lo fresa lo que me molesta, no, porque se puede ser fresa pero profundo (¿no?). Y eso mismo pasa a la inversa: hay brutalidadplana, superficial, y la hay una un poco más seria, más profunda: hay discos atascadísimos que parecieran haber sido compuestos por el mismísimo Lucifer, y otros que parecieran compuestos por mí durante media hora en el baño.

En este punto debo recurrir al lugar común de comparar a In Flames con Dark Tranquillity: las últimas producciones de los segundos van, desde mi punto de vista, a mejor (y si esto fuera una gráfica, las líneas se cruzarían: antes me gustaba más In Flames que Dark Tranquillity, pero ahora es al revés). Puede que también sean más fresas, pero cuando se trata de meterle pata lo hacen, cuando se trata de desangrarte también (aquí acaba la comparación.)

Rescato aquello del desangre. Si algo me gusta de In Flames es esa capacidad que tienen de llegarle a los que estamos permanentemente en crisis. Alguna vez pensé, incluso, que si tuviera que suicidarme lo haría al compás de esta canción, que es de verdad oscura, que de verdad escarba en los dolores del alma.

Y la vez pasada (en la que pude ver sin problemas desde lejos a la banda gracias a la disposición del escenario del Volador), como en esta, ver a Fridén con su gorra de beisbolista y su barba pronunciada la alivió por un instante. A mi alma.

En fin, ¿quién soy yo para teorizar sobre todo esto cuando en efecto solo soy un chaparro infeliz que apenas y alcanza a ver en los conciertos?

—Si quieres te cargo —me dijo.
A ella literalmente le cambié los pañales. Venía acompañada de su hermano el millonario, quien es mi amigo desde entonces.
—Me aguantas sin bronca —le dije.
Tenía un rato que no la veía. Y, como cada que vuelvo a verla, le dije que bien podríamos matrimoniarnos o algo.
Ella me dijo:
—Eso me dices desde que tengo dieciocho.
—Hagámoslo ya.
—Pero tendrías que divorciarte de mi hermano.

Aquel hombre (su hermano), un tipo grande, fornido, también tenía sus complicaciones para mirar hacia el escenario en el que ya tocaba Strike Master (Y aquí debo hablar rápidamente del telonero: disfruto con Strike, me parecen una gran banda, pero no mamar que eran los teloneros de este concierto, ¿a quién chingados se le ocurrió?)

—¿Qué es allá arriba? —me preguntó mi amigo-esposo millonario, quien iba acompañado por su verdadera esposa.
—Supongo que es un VIP para quien compre un frasco —le dije, lamentando un poco mi sobriedad.

Fue que este hombre fornido le preguntó a uno de esos intrépidos vendedores que van gritando cerveza, cerveza dentro del slam cuánto costaba ingresar ahí.

—1700 —dijo. Éramos varios y aquella se mostraba como una posibilidad muy cara pero adecuada para individuos que hace ya tiempo dejaron atrás sus años más intrépidos.

Mirando hacia el escenario, con la cabeza levantada y casi de puntitas todo el tiempo, pensé que a pesar de tener a mi siempre posible esposa a mis espaldas, manoséandome, no iba a disfrutar del todo de este show.

—Aguantemos —le dije, y fue que conversamos un poco más sobre algunas otras cosas que son todavía más irrelevantes que todo esto que he escrito.
—Vas a ver que ahorita que empiece la gente se va a juntar y podremos ver mejor —le dijo a su esposa este hombre millonario, y así fue: no pasó mucho tiempo para que de pronto se apagaran las luces y la gente empezara a arremolinarse contra los que estaban hasta adelante.

Para que el concierto iniciara con una canción desconocida para mí porque es del nuevo disco. Bueno, alcancé a identificarla porque sí le di varias oídas al Battles, pero como ya dije nomás no hicimos click (aunque en este momento está entrando mejor; suele pasarme: una vez escuchado el material en vivo lo aprecio más en estudio). Frente a mí unos individuos bailaban aquella pieza como si estuvieran en un antro disfrutando de cualquier DJ. Lo cual no está mal, pues. Pensé que algo tenía que estar haciendo bien el metal para acercar a ese público a sus conciertos. Aunque habrá quien dirá que precisamente eso es lo malo, pero de verdad fue chingón ver a aquel hombre moverse de ese modo al ritmo de “Drained”. En general la gente a la redonda cabeceaba a toda madre, o movía las piernas, la cadera, los brazos, disfrutando; o había quien solo se limitaba a observar, como si se tratase de un concierto llevado a cabo en algún país civilizado de Europa (lo digo como si hubiese estado en tales circunstancias).

A “Drained” le siguió “Before I Fall”, también del segundo disco, y el baile continuó.

Foto: Alejandro Arnaíz.

Luego vino “Everything’s gone”, del Siren, pero al principio no la reconocí. (A propósito, aquí hablaré del sonido, que en general estuvo madreado. Excedidamente grave, las guitarras y la voz casi no se alcanzaban a distinguir. Ni ahí atrás donde estuve hasta el momento en que tocaron “Take this life”, ni hacia adelante.)

Oh, sí, T A K E  T H I S  L I F E.

Pinche trallazo chingón al que le debo todo.

Porque aquí saqué a relucir todos mis años de experiencia en conciertos (aprovechando mi diminuta estatura y mis inflados músculos) para apantallar a la mujer que me abrazaba muy deliciosamente por la espalda.

Quien abrió el camino fue uno de esos vendedores de chelas que también ya mencioné previamente y que son capaces de sujetar una charola llena entre un mar de individuos que se empujan sudorosos y salir con su chalequito intacto. Pasé por la espalda de uno de ellos para escabullirme por el camino que había dejado tras de sí al ritmo del velocísimo tupa tupa de esa canción abridora de aquella joya de disco llamado Come clarity.

De pronto, detrás de mí, ya iba la esposa de mi esposo millonario, viejo amigo de la niñez, y, detrás de ella, su esposo (mi esposo) millonario, y detrás de él su hermana, la mujer a la que le cambié los pañales y que también puede ser mi esposa en cualquier momento, y detrás de ella otro carnal que a veces es una rata y que ya le estaba aventando el mueble a ella, mi futura esposa, es decir, la hermana de mi esposo el millonario. Y detrás de él otros amigos.

Más o menos así fue.

Y de pronto, tras un esfuerzo medio descomunal por parte de quien esto escribe, ya estábamos todos a tres o cuatro personas del escenario.

Desde ahí se veía bien, y había ráfagas de aire fresco, aunque la marea de gente era tan violenta como es la marea de gente en cualquier concierto si se está por esa zona: al centro del escenario, a tres o cuatro personas de la valla.

Tenía mucho tiempo que no gastaba tanta energía: para “Only for the weak” ya me estaba desmayando (como me ha pasado también en otras ocasiones, el casi desmayarme, lo cual se lo atribuyo a mi ruquez), e iba a honrar el título de esta canción a no ser porque me recargué en un par de individuos que estaban frente a mí, cada uno cuidando rabiosamente de sus respectivas novias (¿o hermanas?).

—Me gustaría tener la mata así de corta —me dijo un matudo de verdad cuando me vio retomar el headbanging—. Así (y señaló su coleta larguísima) ni se puede matear.

En general ahí no se podía matear, le dije.

Entre los despreciables que codean al resto y que se emputan por proteger a las chavas que no necesitan su protección (ellas pueden solas), y entre la gente que no comprende que así es un concierto de metal (en el que a veces uno recibe contacto humano), era un poco difícil matear, saltar, slamear.

Sin embargo lo hice.

Un espíritu chocarrero me poseyó y mi deseo fue entonces el de violentar a estos personajes que parecían estar presenciando no un concierto metalero sino un concierto de Flans. (Vaya, pero si no había problema con eso, ¿no? ¿Quién me entiende? Ya: atrás se vale bailar suave, adelante hay que echarle galleta…) Porque si bien no estábamos viendo a Cannibal Corpse, In Flames ejecutó un set list por demás variado (con material principalmente de las últimas dos décadas -o del Battles– y un momento álgido de calma con “Moonshield”) aventándose trallazos poderosos como “Dead Alone” o “Drifter” que invitaban al mateo intenso que de pronto se diluyó.

Así pasaron las rolas y entonces Anders agradeció a su público. Se tomó su tiempo, le prendieron la luz. Aquella era una balada chingona entre él y nosotros en la que luego sonó “Alias”. Y luego esta que dice we are, we are, también del nuevo disco, que no me disgusta del todo y que me recuerda a 30 seconds to Mars.

Luego sonó la sabrosísima “The quiet place”. Ahí sí todos saltamos otra vez.

Y luego todo acabó.

Convenientemente, con la canción “The End”.

“…When we were young, was this the dream we had?”, dice la letra en alguna parte, y yo convenientemente la pongo aquí.

Foto: Alejandro Arnaíz.

Las luces iluminaron ahora a los asistentes, quienes se mostraron un tanto escépticos y deslumbrados, y la banda regaló plumillas y baquetas y lanzaron abrazos y manoteos de despedida. No, no se sintieron las 19 canciones que tocaron (y aunque no lo parezca, demoré más escribiendo esto -con intenso dolor de cuello a pesar de que ya pasaron dos días- que lo que duró el concierto).

La gente pidió otra, pero no ocurrió.

Y me alegré: qué chido fue ver a In Flames, a Anders, a Björn, junto con mis amigos, de forma tan frontal, cruda, directa y sin florituras. O encores.

Luego giré el cuerpo y ahí estaba ella. Me abrazó.

—Qué gusto me da volver a verte —dijo, y yo la tomé por la cintura porque ella es muy alta.

Conforme salía la gente parecía como si se hubiera abarrotado el lugar. Quizá así fue.

Una vez afuera me despedí cordialmente. De ella, de todos.

—Cuídate —le dije y corrí hacia el metro. Hubo un momento en mi trotar en que un calambre me detuvo en seco.

—Maldito anciano —pensé, y mejor opté por caminar.

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