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Reseñas de Eventos

Donde la muerte está más viva

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Night of the Living Death Fest III

Alguna fila habrá de hacerse el día en que todo se acabe. Cuando en el mundo no haya vestigio de esperanza y la gente tenga que despedirse de sus seres amados y abandonar el planeta. Como ocurre en el video de Forward Momentum. Sería una fila como esta, sin duda, en la que estamos formados muchos, apenas, para comprar boletos. Eso pienso ahora, cuando ya se está formando otra fila, paralela, para ingresar al recinto. Son pasadas las 7.30 pm. La noche ya se ha colado entre la negrura de las nubes que hace un rato dejaron encharcadas las calles, y por primera vez en mucho tiempo espero que un show se retrase, por favor, no sé, unos quince minutos. (Luego sabré que todo inició puntual, y eso terminó alegrándome, pero en este momento en que avanzamos lentamente, como los muertos vivientes a los que se celebra este día de agosto -no sé por qué-, pienso que no estaría mal un breve retraso.)

Bebo el café que compré hace casi una hora a las afueras de la Cineteca Nacional, donde vi una película espléndida de la RDA llamada Camino de piedras. Bueno, decir que la vi es mucho decir. No sé por qué me dormí brutalmente por lapsos (venía acalorado tras una larga caminata, y la película también es larga y es lenta) pero los pedazos en los que pude concentrarme me parecieron muy buenos. Es un filme en blanco y negro que, como dice la sinopsis, mezcla géneros y fue prohibida en su tiempo. Con lo poco que vi me quedé con la idea de que era un western socialista, un western de la construcción. Y al salir me compré el café para despertar completamente. Ya no había sol, el cielo amenazaba con la tormenta que finalmente fue. Y pensé: Veamos quién llega primero, si la lluvia a la ciudad o yo al Circo Volador.

Pero la lluvia siempre gana. Salí de la estación bebiendo del vaso de unicel (un vaso grande, ¿de medio litro?) con la esperanza de acercarme a la taquilla, comprar mi boleto y entrar al show con toda calma, y así fue, pero no al ritmo que creí sino en uno mucho más lento porque muchos otros habían pensado igual que yo: Llego casi a la hora del show y así no me topo con la horda infernal que es capaz de formarse por brazaletes desde antes del mediodía.

—¿Esta es la taquilla? —le pregunto al hombre de la que parece ser la taquilla, una mesa dispuesta tras una reja.

—Sí —me dice quien me resulta familiar (ah, claro, pienso segundos después: este broder vende discos en el Chopo)—. Pero hay que formarse —dice, y señala la enorme fila.

—Gracias —le digo, y camino con la cabeza gacha, bebiendo el café, para no encontrarme a alguien que pueda hablarme y decirme:

—Métete aquí.

Odio meterme en las filas. Algo habrán sufrido los que ya están ahí como para que yo llegue así nomás y tenga el privilegio de entrar antes. Pero no soy tan popular y nadie me habla. Observo a mi alrededor. Lindas chicas con sus playeras de Dark Tranquillity, con sus novios metaleros con playeras de Deicide o Entombed, latas de cerveza en el piso, el cielo que no se oscurece del todo.

Conforme me acerco, otra vez, al hombre de los boletos, se escucha al fondo el rumor de una banda que ya toca. Quien está detrás de mí, un metalero que metió segundos antes a la fila a su amigo no metalero y muy mamón, lo confirma: Entombed A.D. ya ha empezado. Lo peor no es eso, sino que aún debo comprar el boleto y formarme en la otra fila para entrar. Por suerte ya han pasado casi todos los de aquella otra hilera, quienes avanzaban lentamente, como zombis, hacia el concierto que ilustraron con la imagen de un no vivo ensangrentado del rostro, hambriento. Alguna fila habrá de hacerse el día en que todo se acabe, pienso. Así fue desde el primer concierto al que fui hace quince años, tuve que formarme un rato antes de entrar así que, bueno, me alegra que si en este que bien podría ser el último también tenga que hacerlo.

Cuando ya estoy dentro del recinto -vaya, finalmente estoy hablando del concierto- recupero un poco la sonrisa que pensé perdida: Entombed A.D. (por siempre Entombed) en efecto ya están desmadrando el escenario. Ni más ni menos. Su potencia acecha a cada una de las cabezas que están ahí y las obliga a sacudirse. Aquellos que miran a la distancia con los brazos cruzados, atentos o indiferentes, no pueden evitar mover las rodillas ante el sabroso death and roll de los suecos. En ese momento mastico unas líneas repletas de adjetivos que se me ocurren pertinentes para describir lo que veo, para depositarlas luego en este texto, pero se me escapan, se me escapan ahora que más las necesito. Lo que sí recuerdo es que pensé que no hay mejor telonero que Entombed, o que quizá no es merecida su posición en el cartel y que el triunfo (o el fracaso) a veces es inmerecido. Su sonido (como si fuese el hardcore del infierno, pienso ahora) es en gran medida impecable, afilado y brutal, por la batería de Olle Dahlstedt, a quien observo desde el principio como observo después a los bateristas Steve Asheim (Deicide) y a Anders Jivarp (Dark Tranquillity). Con qué potencia y energía aporrea los tambores; es sencillo, es contundente. Es el equivalente a lo que L-G Petrov, el vocal y fundador de este grupo, hace en el escenario: ahí vemos a un amigo que luego de echarse unas rolas reposa su fornido cuerpo un momento, se echa un cigarro y brinda con la concurrencia. Es desmadre. Es simple y violento (I For an Eye, Left Hand Path, cuyo álbum homónimo tengo por ahí en caset pirata). Es un chingadazo duro y a la cabeza que no requiere de más reputación. Es metal verdadero.

ENTOMBED A.D. Foto: Carlos García (Guacamole Project)

Setlist de Entombed A.D. aquí

Entombed termina entre vitoreos más que merecidos y yo me muevo de lugar. Al centro, para escuchar mejor. Ahí me encuentro a unos amigos. Nos abrazamos y celebramos. El Circo Volador está repleto. Observo a la lejanía, hacia los asientos de la planta alta, y están casi llenos. El calor se apodera del espacio. Cómo no, si Entombed dejó las cosas ardiendo. Conforme el staff prepara la batería de Deicide pienso que quizá la cosa se enfríe un poco ahora que los de Tampa se trepen. Y no porque Deicide toquen relajados, no, sino porque están en otro tono. En otra frecuencia. Es otro tipo de death metal. Oídos menos avezados pensarán que es el mismo ruido, pero uno que ya está ruco sabe que no. Muchas veces me pregunto quiénes hacen estos carteles. A quién se le ocurre poner a una banda con la otra. Y muchas de esas veces pienso que no hacen bien su chamba y que ponen bandas incompatibles para un mismo show. ¿Glen Benton entre dos bastiones suecos? Sí, inverosímil, pero de repente ya está ahí gritando, sin presentación, sin saludo, sin manta de fondo, blasfemando contra Cristo, contra la religión, contra Dios. El hombre de la cruz invertida cicatrizada en la frente, de cabellera escasa y sobrepeso, semejante a Charles Manson, el padre del death metal americano, no se muestra complaciente o feliz (no podría, nunca) y eso siempre es de agradecer. Steve Asheim es un deleite, un maestro que domina las artes del blast beat. Es quizá el padre de esta técnica del tamboreo. Las dos guitarras se mantienen todo el toque en su actitud true, inmóvil y apática, pese a que toquen trallazos como Homage For Satan (del que, a mi parecer, es su mejor disco, una obra maestra llamada The Stench of Redemption), un tema que, bueno, quizá no deba dejarte quieto. Eso pienso ahí de pie mientras los observo, o cuando no puedo evitar matear con Once Upon The Cross, cuyo disco homónimo es de mis predilectos de este grupo. A mitad del espectáculo crudo, sin cortes o descansos, Benton alcanza a hablar con su voz de galán hollywoodense y a sonreir porque los fans de México, ya se sabe, son inigualables y son capaces de doblegar hasta al corazón más maligno. Sin embargo, debo decir, no hay slam alguno ni antes ni después de Benton. Es que recuerdo, ahí de pie, cerca de la consola, el día que los vi hace unos años en el que era el Hard Rock Café de Polanco y el miedo que daba meterse a los putazos entre puro gigante metalero satánico-pelón furioso hardcorero. Joder, además de viejo soy un cobarde nostálgico.

—Ya llégale, pinche Brozo —grita alguien, quizá en mi imaginación, mientras Benton y Asheim (sabrá el Dios al que blasfeman quiénes eran los otros dos) se despiden contentos de su público.

DEICIDE. Foto: Carlos García (Guacamole Project)

Pienso que es buen momento para orinar. Pero alguna fila habrá de hacerse el día en que todo se acabe, y la del baño parece inacabable, propia del Armagedón. Me resigno entonces y mejor echo un vistazo a las hermosas y carísimas playeras oficiales de las bandas, lamento mi miserabilidad y vuelvo a mi lugar junto a la consola. No estará mal si me orino de la emoción de ver a Dark Tranquillity, pienso, pues es una de mis bandas favoritas de todos los tiempos. Su último disco, Atoma, estuvo en mi top del 2016 (aunque odio los tops y fue de los pocos que oí el año pasado) y me parece que son unos verdaderos revolucionarios de su género. Es así que de pronto la sonrisa que pensaba perdida se pronuncia con fuerza en mi feo rostro y me alegro mucho de estar ahí para ver a esta inmensa banda, además de contar con la compañía de mis bróders del barrio.

El último en salir es el hermosísimo Mikael Stanne, vocal y líder de la banda sueca. Su belleza pelirroja es tal que irradia luz en la penumbra del Volador, mucho más que la que arroja la pantalla que hay detrás de la banda y que durante todo el espectáculo provocará que tomemos nuestros celulares y queramos captar un instante en video de aquel deleite visual. Inician con algo del nuevo disco, y de ahí se siguen de largo con material de los últimos diez años. Lo cual me alegra más pues es el material que más disfruto. A leguas se nota a quién ha ido a ver la gente: los brazos y los vitoreos son pronunciadísimos para Dark Tranquillity, el júbilo se antepone a las altas temperaturas que alcanza el lugar. Pero algo anda mal.

—Como que no suena chido —le digo a uno de mis bróders.

Y es que si no se ecualiza como se debe (¿y cómo es eso?) a DT se le parte la madre. Y así, quien no los haya escuchado nunca y sea su primera vez de verlos en vivo, como ocurrió con un par de jóvenes imberbes que tenía enfrente, puede que se lleven la impresión equivocada de las excelentes guitarras que compone el maestro Niklas Sundin. Y eso estaría muy mal. Más cuando el setlist contempla trallazos tan chingones como Through Smudged Lenses, o como el que da título a este texto nomás porque suena chingón, Where Death is Most Alive. Así no se puede. En fin, que no me queda más remedio que matear sin clemencia (sí, no aguanto el cuello ahora), de hacerle como que toco la lira y la bataca, de gritar con Stanne y gritarle papacito, de levantar las manos en forma de cuernos al cielo que afuera es menos oscuro, y de aplaudir, siempre, cada que acaban una canción (el sonido de pronto mejora y se nota en el ánimo de la gente que, aunque cansada, no ceja un momento). Mikael Stanne agradece a la gente que está rendida ante él y ante sus nuevos colegas, e insiste en que cada que vienen a México siempre se les recibe así. El agradecimiento lo subraya sacando una bandera mexicana al interpretar la delicada y clásica Therein.

—Voy a llorar —me digo a mí mismo.

Pero aguanto hasta el final. Luego del encore, luego de que se sobrepase la medianoche y el metro se convierta en una opción imposible de transporte. Por suerte mis cuates me llevarán a casa, respiro, no así a varios que se van antes de que cierre sus puertas, antes de que termine el concierto.

Insisto con que alguna fila habrá de hacerse el día en que todo se acabe: esta vez tengo que recoger mi mochila de la paquetería. Llenos de satisfacción, sudados en su mayoría, muertos vivientes de cansancio, muchos, como yo, comienzan a formarse.

DARK TRANQUILLITY. Foto: Carlos García (Guacamole Project)

Setlist de Dark Tranquillity aquí

Fotografías: Carlos García de Guacamole Project (para Eyescream Productions)

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El fin (o el sueño que teníamos cuando jóvenes)

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Había dos opciones para amanecer al día siguiente con dolor de cuello. La primera era mirar el concierto a la distancia, con la cabeza levantada, parado de puntitas, para alcanzar a ver. La otra era clavarse a empujones hacia el centro del escenario, romperse la madre en el slam y luego matear enfurecidamente con el resto de los asistentes. La primera opción parecía ser la más apropiada para mi edad, no cabía la menor duda, uno ya no está para estos trotes, pero opté por la segunda.

Antes de hacerlo debo contar que por un momento pensé que había extraviado el boleto que con mucha antelación había comprado con mis amigos. Y antes de llamarle por teléfono a uno de ellos (una opción, llamar por teléfono, que siempre tendré por última) tuve una pequeña crisis. Una crisis que se sumó a otra, esta última repleta de melancolía. Lo bueno fue que la primera crisis la superé fácil: en efecto, uno de ellos tenía el boleto. La segunda se complicó un poco.

Y es que me puse a recordar la ocasión anterior que vi a In Flames. (No recordaba, además, si era la segunda o la tercera vez que los veía). Pero esa vez anterior, que creo fue en 2012, en el Circo Volador, también tuve una crisis (sí, así me la vivo, de una en otra). Solo que esa fue más seria: me estaba yendo de la chingada en la chamba que recién había conseguido. Ya sabes, el trabajo que siempre quisiste de pronto se vuelve el que jamás habrías aceptado. Recuerdo que el recinto estaba hasta cierto punto vacío. Y que fue un martes. Creo saberlo (no me fio de mi pésima memoria) porque era entre semana y el estrés godinezco me tenía al borde de un derrame cerebral o algo así. Eso sentía. E In Flames me alivió el alma. Fue un concierto memorable porque sonó tremendo, y por otras razones por las que ya no vale la pena escribir una sola línea.

Recién había salido su álbum Sounds of a playground fading, que aún disfruto, casi tanto como disfruté su siguiente trabajo, el Siren charms. Y casi tanto como NO (así, en mayúsculas y negritas) disfruté de su último cd, cuyo nombre se me escapa…Ah, sí, el Battles, y que escucho al momento de teclear estas líneas.

En aquel concierto In Flames seguían siendo los mismos sujetos que componían la banda desde principios del siglo XXI: Anders Fridén, Björn Gelotte, Peter Iwers y Daniel Svensson. Pero esta ocasión, en el Pabellón Cuervo (un pedazo de estacionamiento del Foro Sol cubierto por láminas al que nunca había ido y que me dejó la impresión de pretender ser underground a pesar de su visible origen mainstream), solo estaban Fridén y Gelotte en el escenario. Y de verdad que no deseo ser purista (solo melancólico), pero hay algo en la mística de una banda que se pierde, quiero decir que cambia, conforme salen y entran integrantes. Es natural, sin duda, y no sé, siento que algo de eso pasa ahora en In Flames y que se refleja en su último material, a pesar de que jamás les he reprochado los cambios de dirección que han tomado justo desde esa época que señalo líneas arriba, y, al contrario, los he aplaudido.

Salvo en Battles.

Porque de plano me parece muy plano (valga la redundancia). No es lo fresa lo que me molesta, no, porque se puede ser fresa pero profundo (¿no?). Y eso mismo pasa a la inversa: hay brutalidadplana, superficial, y la hay una un poco más seria, más profunda: hay discos atascadísimos que parecieran haber sido compuestos por el mismísimo Lucifer, y otros que parecieran compuestos por mí durante media hora en el baño.

En este punto debo recurrir al lugar común de comparar a In Flames con Dark Tranquillity: las últimas producciones de los segundos van, desde mi punto de vista, a mejor (y si esto fuera una gráfica, las líneas se cruzarían: antes me gustaba más In Flames que Dark Tranquillity, pero ahora es al revés). Puede que también sean más fresas, pero cuando se trata de meterle pata lo hacen, cuando se trata de desangrarte también (aquí acaba la comparación.)

Rescato aquello del desangre. Si algo me gusta de In Flames es esa capacidad que tienen de llegarle a los que estamos permanentemente en crisis. Alguna vez pensé, incluso, que si tuviera que suicidarme lo haría al compás de esta canción, que es de verdad oscura, que de verdad escarba en los dolores del alma.

Y la vez pasada (en la que pude ver sin problemas desde lejos a la banda gracias a la disposición del escenario del Volador), como en esta, ver a Fridén con su gorra de beisbolista y su barba pronunciada la alivió por un instante. A mi alma.

En fin, ¿quién soy yo para teorizar sobre todo esto cuando en efecto solo soy un chaparro infeliz que apenas y alcanza a ver en los conciertos?

—Si quieres te cargo —me dijo.
A ella literalmente le cambié los pañales. Venía acompañada de su hermano el millonario, quien es mi amigo desde entonces.
—Me aguantas sin bronca —le dije.
Tenía un rato que no la veía. Y, como cada que vuelvo a verla, le dije que bien podríamos matrimoniarnos o algo.
Ella me dijo:
—Eso me dices desde que tengo dieciocho.
—Hagámoslo ya.
—Pero tendrías que divorciarte de mi hermano.

Aquel hombre (su hermano), un tipo grande, fornido, también tenía sus complicaciones para mirar hacia el escenario en el que ya tocaba Strike Master (Y aquí debo hablar rápidamente del telonero: disfruto con Strike, me parecen una gran banda, pero no mamar que eran los teloneros de este concierto, ¿a quién chingados se le ocurrió?)

—¿Qué es allá arriba? —me preguntó mi amigo-esposo millonario, quien iba acompañado por su verdadera esposa.
—Supongo que es un VIP para quien compre un frasco —le dije, lamentando un poco mi sobriedad.

Fue que este hombre fornido le preguntó a uno de esos intrépidos vendedores que van gritando cerveza, cerveza dentro del slam cuánto costaba ingresar ahí.

—1700 —dijo. Éramos varios y aquella se mostraba como una posibilidad muy cara pero adecuada para individuos que hace ya tiempo dejaron atrás sus años más intrépidos.

Mirando hacia el escenario, con la cabeza levantada y casi de puntitas todo el tiempo, pensé que a pesar de tener a mi siempre posible esposa a mis espaldas, manoséandome, no iba a disfrutar del todo de este show.

—Aguantemos —le dije, y fue que conversamos un poco más sobre algunas otras cosas que son todavía más irrelevantes que todo esto que he escrito.
—Vas a ver que ahorita que empiece la gente se va a juntar y podremos ver mejor —le dijo a su esposa este hombre millonario, y así fue: no pasó mucho tiempo para que de pronto se apagaran las luces y la gente empezara a arremolinarse contra los que estaban hasta adelante.

Para que el concierto iniciara con una canción desconocida para mí porque es del nuevo disco. Bueno, alcancé a identificarla porque sí le di varias oídas al Battles, pero como ya dije nomás no hicimos click (aunque en este momento está entrando mejor; suele pasarme: una vez escuchado el material en vivo lo aprecio más en estudio). Frente a mí unos individuos bailaban aquella pieza como si estuvieran en un antro disfrutando de cualquier DJ. Lo cual no está mal, pues. Pensé que algo tenía que estar haciendo bien el metal para acercar a ese público a sus conciertos. Aunque habrá quien dirá que precisamente eso es lo malo, pero de verdad fue chingón ver a aquel hombre moverse de ese modo al ritmo de “Drained”. En general la gente a la redonda cabeceaba a toda madre, o movía las piernas, la cadera, los brazos, disfrutando; o había quien solo se limitaba a observar, como si se tratase de un concierto llevado a cabo en algún país civilizado de Europa (lo digo como si hubiese estado en tales circunstancias).

A “Drained” le siguió “Before I Fall”, también del segundo disco, y el baile continuó.

Foto: Alejandro Arnaíz.

Luego vino “Everything’s gone”, del Siren, pero al principio no la reconocí. (A propósito, aquí hablaré del sonido, que en general estuvo madreado. Excedidamente grave, las guitarras y la voz casi no se alcanzaban a distinguir. Ni ahí atrás donde estuve hasta el momento en que tocaron “Take this life”, ni hacia adelante.)

Oh, sí, T A K E  T H I S  L I F E.

Pinche trallazo chingón al que le debo todo.

Porque aquí saqué a relucir todos mis años de experiencia en conciertos (aprovechando mi diminuta estatura y mis inflados músculos) para apantallar a la mujer que me abrazaba muy deliciosamente por la espalda.

Quien abrió el camino fue uno de esos vendedores de chelas que también ya mencioné previamente y que son capaces de sujetar una charola llena entre un mar de individuos que se empujan sudorosos y salir con su chalequito intacto. Pasé por la espalda de uno de ellos para escabullirme por el camino que había dejado tras de sí al ritmo del velocísimo tupa tupa de esa canción abridora de aquella joya de disco llamado Come clarity.

De pronto, detrás de mí, ya iba la esposa de mi esposo millonario, viejo amigo de la niñez, y, detrás de ella, su esposo (mi esposo) millonario, y detrás de él su hermana, la mujer a la que le cambié los pañales y que también puede ser mi esposa en cualquier momento, y detrás de ella otro carnal que a veces es una rata y que ya le estaba aventando el mueble a ella, mi futura esposa, es decir, la hermana de mi esposo el millonario. Y detrás de él otros amigos.

Más o menos así fue.

Y de pronto, tras un esfuerzo medio descomunal por parte de quien esto escribe, ya estábamos todos a tres o cuatro personas del escenario.

Desde ahí se veía bien, y había ráfagas de aire fresco, aunque la marea de gente era tan violenta como es la marea de gente en cualquier concierto si se está por esa zona: al centro del escenario, a tres o cuatro personas de la valla.

Tenía mucho tiempo que no gastaba tanta energía: para “Only for the weak” ya me estaba desmayando (como me ha pasado también en otras ocasiones, el casi desmayarme, lo cual se lo atribuyo a mi ruquez), e iba a honrar el título de esta canción a no ser porque me recargué en un par de individuos que estaban frente a mí, cada uno cuidando rabiosamente de sus respectivas novias (¿o hermanas?).

—Me gustaría tener la mata así de corta —me dijo un matudo de verdad cuando me vio retomar el headbanging—. Así (y señaló su coleta larguísima) ni se puede matear.

En general ahí no se podía matear, le dije.

Entre los despreciables que codean al resto y que se emputan por proteger a las chavas que no necesitan su protección (ellas pueden solas), y entre la gente que no comprende que así es un concierto de metal (en el que a veces uno recibe contacto humano), era un poco difícil matear, saltar, slamear.

Sin embargo lo hice.

Un espíritu chocarrero me poseyó y mi deseo fue entonces el de violentar a estos personajes que parecían estar presenciando no un concierto metalero sino un concierto de Flans. (Vaya, pero si no había problema con eso, ¿no? ¿Quién me entiende? Ya: atrás se vale bailar suave, adelante hay que echarle galleta…) Porque si bien no estábamos viendo a Cannibal Corpse, In Flames ejecutó un set list por demás variado (con material principalmente de las últimas dos décadas -o del Battles– y un momento álgido de calma con “Moonshield”) aventándose trallazos poderosos como “Dead Alone” o “Drifter” que invitaban al mateo intenso que de pronto se diluyó.

Así pasaron las rolas y entonces Anders agradeció a su público. Se tomó su tiempo, le prendieron la luz. Aquella era una balada chingona entre él y nosotros en la que luego sonó “Alias”. Y luego esta que dice we are, we are, también del nuevo disco, que no me disgusta del todo y que me recuerda a 30 seconds to Mars.

Luego sonó la sabrosísima “The quiet place”. Ahí sí todos saltamos otra vez.

Y luego todo acabó.

Convenientemente, con la canción “The End”.

“…When we were young, was this the dream we had?”, dice la letra en alguna parte, y yo convenientemente la pongo aquí.

Foto: Alejandro Arnaíz.

Las luces iluminaron ahora a los asistentes, quienes se mostraron un tanto escépticos y deslumbrados, y la banda regaló plumillas y baquetas y lanzaron abrazos y manoteos de despedida. No, no se sintieron las 19 canciones que tocaron (y aunque no lo parezca, demoré más escribiendo esto -con intenso dolor de cuello a pesar de que ya pasaron dos días- que lo que duró el concierto).

La gente pidió otra, pero no ocurrió.

Y me alegré: qué chido fue ver a In Flames, a Anders, a Björn, junto con mis amigos, de forma tan frontal, cruda, directa y sin florituras. O encores.

Luego giré el cuerpo y ahí estaba ella. Me abrazó.

—Qué gusto me da volver a verte —dijo, y yo la tomé por la cintura porque ella es muy alta.

Conforme salía la gente parecía como si se hubiera abarrotado el lugar. Quizá así fue.

Una vez afuera me despedí cordialmente. De ella, de todos.

—Cuídate —le dije y corrí hacia el metro. Hubo un momento en mi trotar en que un calambre me detuvo en seco.

—Maldito anciano —pensé, y mejor opté por caminar.

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Metal Mexicano

¡Ondeando la bandera del metal con Renascentia Go Ahead Circus!

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El pasado 22 de octubre, la organización Renascentia: A New Beginning, misma que busca dignificar y elevar los estándares de la escena del metal mexicano, dio su primer gran paso al ofrecer un digno evento en Circo Volador, máxima sede en México para todo amante del género.

Recordemos que “Renascentia Go Ahead Circus” fue pospuesto debido al sismo que azotó la Ciudad de México el pasado 19 de septiembre, por lo que la cita con S7N, TULKAS, KOLTDOWN, ANIMA TEMPO y NUCLEAR CHAOS se llevó a cabo un mes después, y aunque ya no contó con la participación de JET JAGUAR por razones de logística, se mantuvo el bazar de bandas que son parte de la familia Renascentia, quienes expusieron sus videoclips en una pantalla aledaña al escenario, así como ofrecieron a la venta su mercancía oficial ante una audiencia bastante considerable para un concierto nacional en domingo.

NUCLEAR CHAOS

Luego de una demora de casi dos horas (el inicio estaba pactado a las 4:30 pm), los encargados de abrir la fiesta fueron Nuclear Chaos, quienes gracias a su propuesta fresca de death metal melódico, levantaron los ánimos de un público que ya se encontraba ansioso. Con algunos temas de sus producciones anteriores, incluido su éxito “Evolution” (el cual provocó un Wall Of Death muy energético) así como el estreno en vivo de “Mi Guerra” y “Remain in the Darkness”, la banda dejó en claro que es una de las mejores agrupaciones de esta nueva generación. Mención aparte merece su vocalista Anuar Solís, quien demuestra estar en vías de ser un estupendo frontman.

Anuar Solís (voz), Nuclear Chaos. Foto: Mario Valencia.

Lou Alpízar (bajo), Nuclear Chaos. Foto: Mario Valencia.

 

ANIMA TEMPO

Continuó el poder progresivo de Anima Tempo, quienes contagiaron al público con su gran técnica y pasajes eclécticos  contenidos en temas de su disco debut ‘Caged In Memories’, tales como “Art Of Deception”, “Cellophane Eyes”, “Confessions” y “Last Awakening”. Ellos son otro claro ejemplo de evolución constante, pues a comparación de la última vez que los ví a mediados de año, su show es cada vez mejor, incluida la interacción con el público.  Anima Tempo se encuentran en medio de su “Caged in Mexico Tour” y próximamente representarán a nuestro país en una gira por Costa Rica.

Dante Granados (guitarra líder), Anima Tempo. Foto: Mario Valencia.

Daniel González (segunda voz), Anima Tempo. Foto: Mario Valencia.

 

KOLTDOWN

Por mucho, uno de los mejores actos de la velada fue Koltdown, hipnóticos en sus líneas de bajo brutales (su mejor elemento, por cierto) y una actitud contundente que hacen la mezcla perfecta con su groove metal potente y sin reparo. Con temas de su primer álbum ‘Truth Becomes’ así como un par de su más reciente placa titulada ‘Rising’, la banda se entregó en cuerpo y alma al público que respondió con mosh pit y circle pit en un Circo Volador en el que se respiraba un ambiente sinigual. Para el cierre, Atreyu invitó al escenario a Paco Lorenzana, destacado guitarrista mexicano quien nos dejó con la incógnita si se tratará del reemplazo de Héctor, a quien definitivamente se le extrañará en la alineación. Koltdown dejó el escenario ardiendo y listo para el siguiente acto.

Atreyu (voz), Koltdown. Foto: Mario Valencia.

Vrash (bajo), Koltdown. Foto: Mario Valencia.

 

TULKAS

La velada llegó a su punto de ebullición con el circle pit intenso que provocó Tulkas al interpretar los mejores temas de su producción “Freedom Thoughts” así como el estreno en vivo de “Legion of Bastards”, primer sencillo que se desprende de su segundo disco de mismo nombre el cual estará disponible el próximo año. La intensidad de su música devolvió de manera inmediata el vigor a los asistentes, quienes no pararon ni un solo momento ante la entrega poderosa de un thrash metal de alcurnia, cortesía de los queretanos. Sin embargo, el set se sintió demasiado breve quizá por la presión del tiempo.

Javier “Trapos” (voz), Tulkas. Foto: Mario Valencia.

José Chávez (Guitarra), Tulkas. Foto: Mario Valencia.

 

S7N

Para cerrar, tuvimos a los favoritos de los fans: Los citadinos S7N, banda ya consolidada como una de las mejores agrupaciones de la escena actual que ha crecido de manera exponencial en los últimos dos años. Lamentablemente, el arranque de su show estuvo opacado por la ausencia de voz de Mao debido a la falla de su micrófono. Poco a poco fueron recuperándose y escuchamos canciones como “Enemies”, la ya clásica “Blackout” y algo más reciente como “Bomb Maker”.

A la mitad del show y con los ánimos a todo su esplendor, de nueva cuenta el fantasma de las fallas se hizo presente, jugándole una jugarreta a Mao con su guitarra de la cual tuvo que despojarse para enfocarse 100% a la voz, dando como resultado una primicia muy particular ya que quizá fue la primera vez que lo vimos sin su segundo instrumento. Fuera de eso, la banda se entregó por completo y se les notó bastante entusiasmados arriba del escenario.

Mao (voz, guitarra), S7N. Foto: Mario Valencia.

Israel (guitarra), S7N. Foto: Mario Valencia.

 

El cierre fue inolvidable, pues varios miembros de los grupos participantes subieron al escenario para interpretar tres temas clásicos y emblemáticos: “Holy Diver” (Dio), “Walk” (Pantera) y “Master of Puppets” (Metallica), con los cuáles dieron por terminado uno de los mejores eventos nacionales que hemos presenciado en Circo Volador y en lo que va del año.

 

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AFTERMOVIE

CRÍTICA

“Go Ahead Circus” resulta una excelente iniciativa que debe mejorar ciertos aspectos. El primero y el cual es el mal que aqueja siempre a la escena, que es la puntualidad. ¡Deben respetarse los horarios! Otro es ser más cuidadosos en el apartado sonoro. Todos los actos sufrieron por la saturación del bajo o de la distorsión en guitarras, así como fallas con micrófonos; por favor ingenieros, no les vendría tomarse con más aplomo estos eventos.

Dos aspectos a destacar fueron la convivencia y camaredería que se respiraron a flor de piel entre todas las bandas participantes, al igual que la presencia y participación de las bandas expositoras que en todo momento apoyaron a sus colegas arriba de la tarima, a quienes esperamos ver pronto en el mismo escenario. También vale la pena destacar la amplia cobertura de diversos medios que se dieron cita puntual para realizar su trabajo. Rara vez se ve algo similar en los eventos que comúnmente presenciamos cada fin de semana. Sin duda un punto a favor de Renascentia que logró el cometido.

Finalmente, algo digno de reflexionar es sobre la curaduría de bandas. Sí, crearon un cartel con grandes exponentes, pero la mitad ya la hemos visto en funciones previas de Renascentia. Si el objetivo es dar a conocer más talento, considero propicio dar el espacio a bandas que no hayan tenido la oportunidad.

El próximo concierto producido por Renascentia será el sábado 18 de noviembre en la Explanada de la Delegación Iztacalco, con las actuaciones de Thrashsteel, War Kabinett, Acrania y The Moniac Sound-Maker, entrada libre. ¡No se lo pierdan!

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